La coyuntura de la coyuntura
La primera vez que me informé o supe de las critical junctures fue cuando empecé a leer directamente a los máximos exponentes del institucionalismo histórico. Muy probablemente el primero que leí fue Paul Pierson. No estoy seguro si primero leí el libro Politics in Time. History, Institutions, and Social Analysis o el artículo “Increasing Returns, Path Dependence, and the Study of Politics” o si los leí al alimón. El caso es que el profesor Pierson fue el primero en introducirme y explicarme el concepto de critical junctures, de eso estoy seguro. Al institucionalismo histórico apenas lo conocía de oídas y a este señor lo leí por encargo de mi servicio social o de asistente de investigación o de primigenia indagación para la tesis o incluso por las tres cosas al mismo tiempo.
Como yo en esos tiempos me sentía una especie de vil sabelotodo, de esos a los que no queda más remedio que repudiar, decidí unilateralmente traducir el concepto de critical juncture como “coyuntura crítica”. La primera vez que leí (muy mal por cierto) a Pierson entendí que la critical juncture era una “coyuntura” que “desencadenaba” un cambio. Así nomás. Una insensatez de a tiro criminal porque sí hay algo de cierto en esa afirmación pero es una definición tan incompleta como lo estaría un manco o un cojo o un ciego o un mudo o un sordomudo. Conforme me fui adentrando en el institucionalismo histórico por causa de mi tesis, fui percibiendo u oliendo un cierto tufillo a inconsistencia conceptual en mi propia mente respecto a mis primeras asunciones insostenibles y dije ¿por qué no veo de una vez por todas qué carajos significa “exactamente” juncture por lo menos por pura curiosidad? Y leí que era un punto crítico en el tiempo, como hubiera querido Pierson, en donde concurren ciertas circunstancias. Y esto, señoras y señores, no es precisamente lo mismo que conjuncture que sería en castellano coyuntura. Conjuncture, dice el diccionario inglés, es una combinación de circunstancias. Luego, por método y por amor al idioma, fui a la Real Academia de la Lengua Española (o más bien dicho Castellana y que se llama española por los vicios ancestrales, atávicos y deplorables y tristísimos en contra de la diversidad que España como tal perpetró desde que Isabel y Fernando se metieron a la cama por primera vez) y leí respecto a coyuntura que es efectivamente “la combinación de factores y circunstancias que, para la decisión de un asunto importante, se presenta en una nación”, aunque, y esto lo agrego yo, pudiera presentarse en cualquier otro ente o institución u organización como sugiere Douglass North, a quien no solamente yo llamaría el gurú de las instituciones, sino el de la historia económica. Y juncture de plano no existe en castellano porque juntura es nada más la unión de dos o más cosas, como un nudo, y sería una palabra que, por otra parte, parece propicia para un crucigrama.
Paul Pierson, que está tan obsesionado con el tiempo, las secuencias temporales y las relaciones de causalidad “that unfold over long-term processes”, como Bobby Fischer lo estaba con el ajedrez, dice junto con Theda Skocpol (la que escribió el libro más citado en toda la historia de la ciencia política: Social Revolutions in the Modern World, 1994) que las conjunctures son “interaction effects between distinct causal sequences that become joined at particular points in time” (las cursivas son mías y no lo traduzco porque le quitaría toda la sustancia). Es d
ecir, forzosamente se tienen que encontrar o intersectar dos o más procesos para hablar de una conjuncture o coyuntura, y además, necesariamente tienen que producirse efectos o consecuencias, ontológicamente causadas por una interacción de variables. Esto lo dicen en el Political Science. State of the Discipline a cargo de Ira Katznelson y Helen Milner, una verdadera joya de la ciencia política. En inglés, pues, cuando hablamos de jucture y conjuncture las distinguimos por el asunto de la interacción, que se da en la segunda, aunque al final del día parecen indistinguibles. En castellano estricto, nos limitamos a hablar de la coyuntura, que se refiere igualmente a la interacción de situaciones o circunstancias o procesos.
Aquí lo importante no es que yo haya traducido juncture como coyuntura, que para el caso era lo mismo porque aparentemente se utiliza de manera indistinta, sino que a través de una indagación puramente circunstancial e incluso ociosa, por fin pude darme cuenta, completamente frustrado, que los periodistas, la comentocracia y los académicos mexicanos nos han visto la cara de idiotas durante décadas. Estos señores vienen diciendo en sus artículos o tratados o ponencias o periódicos o apariciones televisivas o estruendos radiofónicos que “en la coyuntura actual” o “esta coyuntura política”. Y uno pudiera darles el beneficio de la duda diciendo, bueno, pueden hablar de una coyuntura política porque suponen o asumen que hay varios procesos que se yuxtaponen y conducen a una decisión trascendental, por ejemplo en México, la transición a la democracia y el movimiento de López Obrador o lo que sea conducen a una reforma electoral, etc. Pero infelizmente estos comentócratas o académicos o periodistas hablan de coyunturas como si fueran una cosa exógena, una cosa dada, una variable independiente que no tiene nada que ver con procesos o con configuraciones previamente estructuradas institucionalmente. Tal cual, la coyuntura. Y todos los oímos o los vemos o los leemos y asumimos que “la coyuntura es la situación actual” y estamos completamente alejados de la realidad, del diccionario y de la razón, además de que no nos dice nada del contenido de la mentada coyuntura.
La coyuntura en el léxico correcto de la política, la economía, la medicina, la sociología, la psiquiatría, la pedagogía, el periodismo, la filología, la biología, la literatura, la ingeniería o simplemente el idioma es un punto a lo largo de una línea temporal donde se conjuntan dos o más procesos temporales conduciendo a la toma de una decisión. No es un fenómeno o situación exógena, es decir, no está dada de antemano como si dijéramos que “es” el contexto; por el contrario, la coyuntura está moldeada de manera endógena por las configuraciones institucionales que dieron origen a esos procesos que se intersectan. Sí se puede decir que “dada la coyuntura de crisis económica...”, pero se debe decir porqué existe esa coyuntura, o sea, cuáles procesos están interviniendo.
Esta gente de la comentocracia, el periodismo y la academia reciclable han dedicado una época entera a devaluar las palabras. Utilizan las palabras como si fueran una especie de cigarrillo que luego de extinguirse se aplasta en un cenicero y en el futuro se echará a la basura. Creen que las palabras no tienen la menor importancia, que lo realmente relevante es que se entienda el mensaje. Y esto no sólo le ha dado en la madre a las palabras sino al entendimiento y a los mensajes mismos. Ejemplo. Han acusado de cometer genocidio a un pobre asesino trastornado y corrupto que decidió negociar con la corrupta elite estudiantil y matar a dos centenares de estudiantes. Un verdadero criminal que merece ser juzgado por asesino, autor intelectual de un asesinato en masa en concubinato con la mencionada elite, pero que de ninguna manera incurrió en genocidio. Después de las peroratas de estas tres entidades, ¿Milosevic qué sería entonces?, ¿una especie de bulldozer de la humanidad? ¿Y Atila? ¿Y los mahometanos de hace mil quinientos años? ¿Y El Vaticano en Albi y demás lugares y épocas? Luego, pues, de las cátedras de los periodistas, la comentocracia y los académicos, la palabra genocida terminó valiendo nada, terminó devaluada, incapaz de designar nada.
Otra de las que más me han molestado y que me dio mucho coraje fue la del “ajedrez de la política”. Aunque nunca hayan jugado ajedrez o aunque los hagan trocitos en seis o siete movimientos, hablan del “ajedrez de la política”, y hasta del “ajedrez del futbol” (soccer y americano, he oído de los dos). Yo me he puesto a pensar, francamente con mucha seriedad porque sí me intrigó y porque me interesa todo lo que acontece alrededor del ajedrez, cómo se pudiera hacer una analogía coherente entre la política y el ajedrez cuando la comentocracia, los periodistas y los académicos de reciclo dan sermones sintomáticos de una estupidez quirúrgica: “El político Fulano de Tal ha decidido tomar tal o cual partido sobre cierto asunto, lo que demuestra su capacidad de anticipación: es el ajedrez de la política, nada menos, jóvenes” o “En este tablero de ajedrez Aguirre ha decidido meter a Braulio Luna (!)”. Ningún sentido, pienso luego de un ratito.
No obstante, sí hay una analogía bellísima entre el ajedrez y la política que se me ocurrió (sí voy a presumirlo, carajo, es la primera idea relevante de mi vida) el otro día que iba a comprar cigarros. Antes de salir de la casa dejé a medias una partida con un pelafustán al que no sé cómo ni cuándo le regalé mi Dama blanca, dejé la partida viéndola completamente perdida, sin posibilidades ni siquiera para regatear tablas, y mientras salía mentando madres dije, tal cual: “no cabrón, si el ajedrez es como el argumento de path-dependence” (frase, ciertamente inspirada por mi director de tesis que dice que todas las tesis son path-dependent). La analogía entre el ajedrez y la política parte de un argumento teórico parido precisamente por el institucionalismo histórico y se basa en la explicación del path-dependence, que en castellano nos ha dado la gana de traducirlo, creo que correctamente, como “dependencia de rumbo”. Esto se refiere, y recurro otra vez a Pierson y Skocpol porque su artículo es uno de los más aceptados respecto a la naturaleza y características del institucionalismo histórico, a “la dinámica de procesos auto-reforzables o de retroalimentación positiva en un sistema político”, es decir, “los outcomes en una coyuntura crítica [aunque no necesariamente en ella] desencadenan mecanismos de retroalimentación que refuerzan la recurrencia de un patrón particular en el futuro”. En otros términos, una vez tomada una decisión, será muy difícil y muy costoso y casi imposible recurrir en el futuro a las alternativas antes desechadas. Es como un árbol. Si no me equivoco fue Margaret Levi, que yo creía cuando la leía defendiendo el rational-choice institutionalism y su analytical narrative y sus otras cosas que era guapísima hasta que vi una foto suya, la que aplicó la analogía del árbol. La siguiente explicación es mía pero me apego a Levi y al mismo Pierson que luego se apadrinó la explicación, aunque citando. Está el tronco del cual se desprenden dos posibles decisiones: A y B. Se toma A y de ahí se desprenden dos ramas W y Y. Se toma W y de ahí se desprenden dos ramas P y Q pero difícilmente, casi imposible, se volverán a presentar las alternativas de B y Y que fueron desechadas a lo largo del proceso, reforzándose de esta manera la inercia de A. Es lo que estos cuates llaman “inercia institucional” o simplemente “retornos incrementales” o increasing returns, que no niegan el cambio, pero lo confinen a circunstancias muy precisas y sometidas a un contexto mucho más amplio y francamente supeditado al contexto general. Por esto último el mismo Pierson en el supradicho libro de Politics in Time, manual para la metodología histórica en ciencia política, presume que su enfoque no ve árboles, ve al bosque entero. Lo cierto es que tienen muchos problemas conceptuales y tautológicos para abordar el cambio institucional. Regresando a las A, B, W, Y, y demás, pongamos un ejemplo práctico e incluso real. En Gringolandia hace mucho tiempo respecto a la política de seguridad social no se tomó la decisión B, sino la A. Luego se han dado otras secuencias de decisiones que han reforzado a A. Hoy, dada, ahora sí, una coyuntura, se propone recurrir a B. Suponiendo que pudiera tomarse B, y aquí el institucionalismo histórico aporta un dato importantísimo para el conocimiento general, no propiciará los mismos outcomes, resultados o consecuencias, que hubiera propiciado de haberse tomado en la etapa inicial. Pierson diría que esto demuestra la importancia del timing and sequence: “different temporal orderings of the same events or processes will produce different outcomes”, dice en su libro de Politics in Time.
El caso es que en el ajedrez, siguiendo o regresando con mi analogía, pasa algo muy similar. Cuando uno, luego de abrir por ejemplo con la italiana, avanza y amenaza con su Caballo, desencadenará una serie de movimientos a lo largo del proceso del juego que le harán prácticamente imposible recurrir a otro de los varios planes alternativos que tenía antes de mover ese Caballo. Es muy simple: las decisiones o los planes alternativos ya no pueden llevarse a cabo dada la nueva circunstancia del tablero y si se llevan a cabo generarán resultados muy distintos a los que se hubieran esperado en la etapa inicial. Esto es lo único parecido que tiene la política con el ajedrez: el path-dependence. Todo lo demás son asuntos de megalomanía y pedantería ridícula y retórica insustancial. En los asuntos políticos como en el ajedrez las decisiones conducen a procesos casi irreversibles respecto a futuras decisiones, eso es todo. Si los periodistas o la comentocracia o los académicos de pacotilla así lo entienden, que lo digan en lugar de estar pervirtiendo y devaluando las palabras.
“No lo permite la coyuntura”, van a decir.Aquí vemos, cómo mi oponente, al realizar ciertas jugadas, propició el desencadenamiento de mi plan para hacerle mate, un plan que él ya no puedo revertir dadas las decisiones que tomó.





2 opiniones (Comenta esta entrada):
En literatura, eso se llama el jardín donde los senderos se bifurcan. En economía, se llama la crítica de Lucas.
Muy interesante lo de la "coyuntura" en el marxismo, el "anáisis de coyuntura" es de tal importancia, que muchos basan en él el triunfo o no de los objetivos políticos revolucionarios.
En cuanto al ajedrez, según yo las blancas jugaron con inglesa e iban bien...
Hasta que tomaron una mala decisión irreversible.
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